Mi nueva vida empezó a los 40: el piano como terapia

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Un piano. Con todo lo que supone, ha sido mi mejor terapia. Mi válvula de escape. Y es algo que nunca había pensado. Toda mi vida había pasado de largo frente a ese instrumento, como si se tratara de un objeto reservado para otros, para quienes habían empezado de pequeños o para quienes tenían un talento especial. Pero nunca para mí, seguro que a todos os ha pasado, ¿verdad?

Yo siempre pensaba que ya era tarde, que ya no tocaba empezar, que ese tren había pasado. Sin embargo, un día comprendí que la música no entiende de edades, y que nunca es demasiado tarde para darle una oportunidad a algo que podría cambiarte por dentro.

Lo curioso es que el piano llegó a mí en un momento muy concreto, o mejor dicho, en el peor momento. Cuando ni en lo profesional ni en lo sentimental estaba bien. Aunque eso es otra historia que si tengo tiempo otro día contaré. Fue entonces cuando apareció en mi vida Kristina Kryzanovskaya, la persona que, sin saberlo, me abrió una puerta que había permanecido cerrada durante décadas.

Conocí su trabajo casi por casualidad. Leí sobre ella en un artículo en Internet, sobre su trayectoria, sobre esos más de diez años enseñando piano y solfeo, y sobre su formación tan sólida tanto en Rusia como en España.

Recuerdo que me impresionó que hubiera terminado su grado elemental en Rusia con un diploma rojo, o que más tarde, en España, hubiera completado el grado medio bajo la tutela del director y profesor Ángel Casero en tan solo tres años, con todas las notas sobresalientes y un premio honorífico.

También me llamó la atención que continuara sus estudios en el conservatorio superior Óscar Esplá de Alicante junto a profesores como María Dolores Costa, Rubén Pacheco o Albert Nieto. La verdad es que son de esas cosa que siempre llaman la atención.

Decidí probar. Solo una clase. Una prueba para ver si tenía sentido empezar desde cero a mi edad. Y confieso que llegué nerviosa, con ese miedo infantil a equivocarme o parecer torpe. Sin embargo, desde el primer momento Kristina consiguió que me sintiera cómoda.

Recuerdo la primera vez que coloqué los dedos sobre el teclado. Me temblaban un poco, pero ella me enseñó a respirar, a sentarme correctamente, a relajar los hombros, a escuchar antes de tocar. Algo tan simple como pulsar una tecla se convirtió en un pequeño logro. Y así, pasito a pasito, fui descubriendo un mundo nuevo.

Pronto me di cuenta de que el piano era exactamente aquello que necesitaba: un espacio íntimo donde podía desconectar de todo. Al practicar, mi mente dejaba de saltar de preocupación en preocupación. Solo existían las teclas, el sonido, el ritmo que poco a poco aprendía a reconocer.

Lo más sorprendente fue cómo, casi sin darme cuenta, empecé a notar cambios en mi día a día. Mi nivel de concentración mejoró, me sentía más presente y más capaz de enfrentar mis tareas diarias. Incluso mi memoria, que siempre había sido algo dispersa, empezó a fortalecerse gracias a los ejercicios que hacíamos en clase y a las piezas que debía recordar.

Kristina siempre me explicaba que estudiar piano aporta beneficios tanto a niños como a adultos: mejora la coordinación, afina la capacidad auditiva, ejercita la lectura musical, desarrolla habilidades motrices y ofrece una serie de beneficios cognitivos que son valiosos a cualquier edad. Y tenía razón. Yo misma empecé a sentir que mi cerebro se activaba de una forma distinta, más ágil, más curiosa.

Ritual

Además, tocar el piano se convirtió en un ritual casi terapéutico. Cuando llegaba cansada del trabajo o saturada de responsabilidades, me bastaba con sentarme unos minutos frente al instrumento para notar cómo mi respiración se regulaba y mi ánimo se equilibraba. Era como si cada nota limpiara un poco el ruido interno que acumulaba durante el día.

Otra cosa que agradezco es que, aunque yo sintiera que era tarde para empezar, Kristina siempre me recordaba que la música no entiende de edades. Y es así. No lo decía por decir: lo demostraba con cada clase, adaptando los ejercicios, celebrando mis avances y ayudándome a comprender que aprender algo nuevo a los cuarenta no solo es posible, sino enormemente enriquecedor.

Si algo he aprendido en este camino es que nunca es tarde para descubrir lo que te hace bien. Y en mi caso, encontrar a Kristina Kryzanovskaya y sus clases fue encontrar un nuevo comienzo. Un comienzo lleno de música, de serenidad y de una conexión conmigo misma que había estado buscando durante años.

 

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