Durante mucho tiempo hemos relacionado la idea de acudir al psicólogo con estar atravesando una situación extremadamente complicada. Parece que necesitamos llegar a un punto en el que ya no podemos continuar con nuestra rutina, sentimos que todo nos supera o aparece un problema claramente reconocible para considerar que pedir ayuda tiene sentido. Esta manera de entender la terapia puede hacer que muchas personas esperen demasiado antes de hablar de aquello que les preocupa, aunque lleven meses sintiendo que algo no termina de funcionar como antes.
Sin embargo, nuestra salud emocional no funciona únicamente mediante grandes crisis. A veces el malestar aparece poco a poco y se instala en nuestra vida de una forma casi silenciosa. Podemos empezar a dormir peor, estar más irritables, preocuparnos constantemente por situaciones pequeñas, perder las ganas de hacer cosas que antes disfrutábamos o sentir que determinadas relaciones nos están desgastando. Ninguna de estas situaciones significa automáticamente que tengamos un trastorno psicológico, pero sí pueden convertirse en motivos para detenernos y preguntarnos cómo estamos realmente.
Ir a terapia tampoco significa reconocer que hemos fracasado intentando resolver nuestros propios problemas. Podemos verlo de una manera bastante diferente, como un espacio en el que observar determinadas situaciones con ayuda profesional y aprender a comprender mejor qué pensamos, qué sentimos y cómo reaccionamos ante aquello que nos ocurre. No tenemos que esperar necesariamente a estar al límite para empezar a prestar atención a nuestra salud mental.
La terapia no está reservada únicamente para los momentos de crisis
Existe una imagen bastante extendida de la persona que acude al psicólogo cuando prácticamente ya no puede continuar. Evidentemente, existen situaciones graves en las que recibir atención profesional resulta especialmente importante, pero esto no significa que solamente podamos pedir ayuda cuando hemos alcanzado ese punto. Entre encontrarnos perfectamente y atravesar una crisis existe una enorme cantidad de situaciones intermedias en las que también podemos sentir malestar, confusión o dificultades para gestionar aquello que estamos viviendo.
Podemos acudir a terapia porque estamos atravesando una ruptura, porque el trabajo nos genera demasiado estrés, porque nos cuesta poner límites, porque repetimos determinados comportamientos que no comprendemos o porque sentimos que nuestra autoestima se ha deteriorado. También podemos encontrarnos ante una etapa de cambios y no saber muy bien cómo adaptarnos. Cada persona tiene una historia diferente y aquello que para alguien resulta relativamente sencillo de gestionar puede ser especialmente difícil para otra persona.
De hecho, el Consejo General de la Psicología explica que las personas pueden buscar psicoterapia por motivos relacionados con problemas de salud mental, pero también ante cambios importantes de la vida o situaciones cotidianas que llegan a resultar desbordantes. Esto nos ayuda a romper con la idea de que necesitamos cumplir una especie de requisito mínimo de sufrimiento antes de pedir ayuda. Si algo está afectando de manera continuada a nuestra forma de vivir, merece al menos que prestemos atención a lo que está sucediendo.
A veces nos acostumbramos a sentirnos mal sin darnos cuenta
Uno de los problemas del malestar emocional es que no siempre aparece de repente. Podemos ir acostumbrándonos poco a poco a vivir con determinadas sensaciones hasta considerarlas parte normal de nuestra personalidad o de nuestra rutina. Nos levantamos cansados, vamos al trabajo con una sensación constante de agobio, llegamos a casa sin energía y terminamos pensando que simplemente somos así. Cuando una situación se mantiene durante mucho tiempo, resulta fácil olvidar cómo nos sentíamos antes.
Algo parecido puede suceder con las preocupaciones. Todos tenemos problemas y momentos en los que damos demasiadas vueltas a las cosas, pero cuando nuestra cabeza parece no descansar, nunca podemos empezar a notar las consecuencias en otras áreas. Nos cuesta concentrarnos, anticipamos constantemente situaciones negativas o necesitamos comprobar una y otra vez que todo está bajo control. Poco a poco organizamos nuestra vida alrededor de esas preocupaciones sin preguntarnos por qué están ocupando tanto espacio.
Por eso es importante observar los cambios y no únicamente esperar a que aparezca una gran crisis. Si llevamos semanas o meses sintiéndonos diferentes, hemos perdido interés por determinadas actividades o nuestras emociones están interfiriendo en las relaciones, el descanso o el trabajo, puede ser un buen momento para plantearnos qué está ocurriendo. Pedir ayuda antes de llegar al límite también puede permitirnos comprender mejor una dificultad antes de que termine ocupando todavía más espacio en nuestra vida.
Pedir ayuda sigue siendo difícil para muchas personas
Aunque actualmente hablamos bastante más sobre salud mental, todavía existen prejuicios relacionados con acudir al psicólogo. Algunas personas sienten vergüenza porque interpretan que deberían ser capaces de solucionar sus problemas sin ayuda. Otras temen que sus familiares o amigos consideren que están exagerando. También encontramos quienes han crecido escuchando frases como que hay que ser fuerte, aguantar o dejar de pensar demasiado en las cosas.
Estas ideas pueden llevarnos a comparar continuamente nuestro sufrimiento con el de los demás. Pensamos que otra persona tiene problemas mucho mayores y que, por tanto, nosotros no tenemos derecho a sentirnos mal. Sin embargo, las emociones no funcionan mediante una competición. Que alguien esté atravesando una situación aparentemente más complicada no hace desaparecer aquello que nos preocupa ni convierte automáticamente nuestro malestar en algo irrelevante.
Creo que hemos avanzado bastante al hablar con mayor naturalidad sobre acudir a terapia, pero todavía nos cuesta aplicar esa normalidad cuando somos nosotros quienes necesitamos pedir ayuda. Podemos recomendar a un amigo que consulte con un profesional y, al mismo tiempo, pasar meses intentando convencernos de que lo nuestro no es suficientemente importante. Reconocer esta contradicción puede ser un primer paso para empezar a tratarnos con la misma comprensión que ofrecemos a otras personas.
La terapia también puede ayudarnos a entender qué nos está pasando
Muchas personas llegan a terapia sin saber explicar exactamente qué les ocurre. Pueden sentir ansiedad, tristeza, enfado, cansancio o una mezcla de emociones difíciles de ordenar. No siempre necesitamos tener identificado el problema antes de pedir ayuda. Precisamente, una parte del proceso puede consistir en observar qué está sucediendo, cuándo aparece el malestar y qué factores pueden estar relacionados con aquello que sentimos.
Según cuentan los profesionales de MADMA Psicología, la atención psicológica puede abordar diferentes dificultades emocionales y situaciones personales, adaptando el proceso a las necesidades de cada persona. Esto permite entender que no existe un único motivo para acudir a terapia y que cada caso necesita ser valorado de acuerdo con aquello que está ocurriendo. Algunas personas pueden buscar ayuda por ansiedad, autoestima o dificultades emocionales, mientras que otras pueden necesitar acompañamiento ante cambios importantes o momentos especialmente complicados de su vida.
Además, acudir a terapia no significa que el profesional vaya a decirnos continuamente qué tenemos que hacer. El trabajo psicológico puede ayudarnos a observar determinadas situaciones desde otras perspectivas, identificar patrones y desarrollar recursos para afrontar aquello que nos preocupa. La finalidad tampoco debería ser convertirnos en alguien completamente diferente, sino comprender mejor cómo estamos funcionando y trabajar sobre aquellos aspectos que están generando dificultades.
Hay señales cotidianas que merece la pena escuchar
No existe una lista universal que determine el momento exacto en el que alguien debe empezar terapia. Dos personas pueden atravesar una situación parecida y necesitar cosas completamente diferentes. Aun así, existen algunos cambios que pueden servirnos para detenernos y observar cómo nos encontramos, especialmente cuando se mantienen durante un tiempo o empiezan a afectar a diferentes partes de nuestra vida.
Algunas situaciones a las que podemos prestar atención son:
- Sentir que las preocupaciones ocupan gran parte del día.
- Tener dificultades frecuentes para descansar o desconectar.
- Perder interés por actividades que anteriormente disfrutábamos.
- Sentirnos irritables o emocionalmente desbordados con mucha frecuencia.
- Evitar lugares, personas o situaciones por miedo o ansiedad.
- Tener dificultades continuas para poner límites.
- Sentir que nuestra autoestima está afectando a nuestras decisiones.
- Repetir conflictos parecidos en nuestras relaciones.
- Atravesar un duelo, una ruptura o un cambio que nos resulta difícil gestionar.
Encontrarnos en alguna de estas situaciones no significa automáticamente que exista un trastorno psicológico. Lo importante es observar cuánto tiempo lleva ocurriendo, con qué intensidad lo vivimos y hasta qué punto está interfiriendo en nuestro día a día. Podemos atravesar una semana complicada sin necesitar iniciar un proceso terapéutico, pero cuando sentimos que una dificultad permanece, aumenta o empieza a condicionar nuestras decisiones, consultar con un profesional puede ayudarnos a valorar mejor lo que sucede.
Conocernos mejor también puede ser un motivo para acudir a terapia
No todas las personas comienzan terapia porque estén atravesando una crisis concreta. Algunas simplemente sienten que quieren comprender mejor determinadas partes de sí mismas. Quizá no sepan por qué reaccionan de una forma determinada ante los conflictos, por qué necesitan constantemente la aprobación de otras personas o por qué les resulta tan complicado decir que no aunque después se sientan agotadas.
Conocernos no significa analizar absolutamente cada decisión que tomamos. Se trata más bien de identificar patrones que se repiten y preguntarnos si continúan siendo útiles. Podemos haber aprendido determinadas formas de relacionarnos durante nuestra infancia o adolescencia y seguir utilizándolas años después aunque nuestra realidad haya cambiado. Algunas estrategias que en determinado momento nos ayudaron a protegernos pueden acabar dificultando nuestras relaciones cuando las mantenemos automáticamente.
También podemos descubrir que algunas ideas que tenemos sobre nosotros mismos son mucho más rígidas de lo que pensábamos. Frases como “yo siempre he sido así”, “nunca se me ha dado bien esto” o “no puedo cambiar” pueden convertirse en límites que dejamos de cuestionar. La terapia puede ofrecernos un espacio para observar esas creencias y entender de dónde vienen, sin asumir que necesariamente tenemos que continuar viviendo de acuerdo con ellas.
Empezar terapia también genera dudas y nervios
Dar el primer paso puede resultar extraño, especialmente si nunca hemos hablado con un psicólogo. Podemos preguntarnos qué vamos a contar, si sabremos explicar lo que sentimos o si la otra persona nos juzgará por determinadas decisiones. Incluso podemos llegar a pensar que nuestro problema parecerá demasiado pequeño cuando lo expliquemos en voz alta. Estas dudas son comprensibles cuando vamos a compartir aspectos personales con alguien a quien todavía no conocemos.
No necesitamos llegar a la primera sesión con nuestra historia perfectamente organizada. Podemos explicar simplemente aquello que nos preocupa en ese momento y dejar que la conversación ayude a ordenar otras cuestiones. Tampoco tenemos que recordar cada detalle de nuestra vida ni encontrar inmediatamente las palabras exactas para describir nuestras emociones. Construir confianza y comprender el problema puede necesitar tiempo.
La relación con el profesional también importa. Sentir que podemos expresarnos, realizar preguntas y comprender cómo se está planteando el proceso resulta fundamental. Si algo no nos queda claro, podemos preguntarlo. La terapia no debería convertirse en un lugar en el que tengamos miedo de decir que no entendemos algo o que determinada cuestión nos incomoda. Poder hablar sobre cómo estamos viviendo el propio proceso también forma parte del trabajo.
Pedir ayuda antes de estar al límite puede cambiar nuestra manera de cuidarnos
Durante años hemos aprendido a prestar atención a nuestra salud física mediante revisiones, hábitos saludables y consultas cuando aparece un problema. Sin embargo, con nuestra salud emocional muchas veces seguimos esperando hasta que la situación resulta prácticamente insoportable. Aguantamos durante meses porque pensamos que se nos pasará, intentamos distraernos o confiamos en que un cambio externo solucione aquello que estamos sintiendo.
Aprender a detectar nuestras propias señales puede ayudarnos a actuar de otra manera. Quizá notamos que cada vez nos cuesta más desconectar del trabajo, que determinadas relaciones nos generan un malestar constante o que estamos evitando actividades por miedo. Reconocer estos cambios no significa dramatizarlos. Significa prestar atención a nuestro bienestar antes de que una dificultad termine condicionando una parte demasiado grande de nuestra vida.
No hace falta tocar fondo para empezar a ir a terapia porque pedir ayuda no debería ser el último recurso disponible. Puede ser una decisión que tomamos cuando sentimos que necesitamos comprender algo, afrontar una etapa difícil o aprender otras maneras de gestionar aquello que nos está ocurriendo. No todos necesitaremos terapia en los mismos momentos ni por los mismos motivos, pero esperar a encontrarnos completamente desbordados no debería ser la única forma que tengamos de considerar que nuestro bienestar emocional merece atención.